sábado, 30 de marzo de 2019

Primeros pasos. Nuestra primera experiencia en un club de intercambio de parejas.

¿Cómo acaba una pareja normal y corriente, en una relación de tipo cuckold?

Para nosotros fue una evolución natural que se produjo a partir de experimentar e ir viendo que era lo que realmente nos movía.

Podríamos decir que todo empezó una noche de copas, entre risas y con un “no hay huevos”.

Laura llevaba una camiseta escotada con la que la ausencia de sujetador se hacía más que evidente. Yo estaba encantado. Volviendo del baño me dedico una sonrisa, entre avergonzada y divertida. Se había dado cuenta de cómo la miraban los dos chicos sentados en la mesa de al lado. El vaivén de su pecho no les había pasado desapercibido y desde su sitio tenían unas vistas privilegiadas. Laura se colocó la camiseta un poco y me miró a los ojos con picardía.

— ¿Entonces qué?. ¿Vamos?
— ¿Estás segura?

Repetí la misma pregunta cuarenta veces durante los 20 minutos que duró el trayecto hasta el local y lo cierto es que estuvimos bastante cerca de echarnos para atrás, En lugar de eso decidimos lo siguiente :

· Si uno de los dos se sentía incómodo, saldríamos inmediatamente de allí. Sin objeciones.

· Siempre sería ella la que llevaría la iniciativa en cuanto a las interacciones con los terceros se refiere. Aún así la idea no era llegar a practicar sexo con otras parejas.

Un rato después tocábamos el timbre de una puerta en la que discretamente se podía leer el nombre del local. Nos atendió una chica joven, que muy amablemente nos explicó cómo funcionaba aquello. El primer piso parecía un bar de copas normal, solo que más oscuro y más turbio. Al piso de abajo solo podías acceder dejando la ropa en una taquilla y llevando como único atuendo una toalla. Yo pensaba que nos quedaríamos arriba, nos daríamos el lote y volveriamos para casa, a terminar lo empezado. Estaba bastante e equivocado. Tomamos una copa y charlamos un rato, mientras nos hacíamos al sitio. Durante ese rato, apenas vimos a dos o tres parejas más en la zona, todas ellas bastante mayores que nosotros. Lauta me cogió de mano y, alegando que aquello estaba muy aburrido, me dijo que fuéramos “donde estaba la marcha”.

Así fue como llegamos al piso de abajo. Allí estaba yo, toalla a la cintura, con una copa en la mano, viendo como Laura se paseaba por allí como pez en agua. Lo primero que hice fue buscar entre la gente a conocidos o gente que pudiera reconocernos. Que tontería, ¿no? No vi a nadie, pero enseguida me di cuenta de estábamos acaparando las miradas del resto de asistentes. Aunque en su mayoría eran miradas amables y cómplices, yo me sentí un poco intimidado. Laura, en cambio, parecía disfrutar con toda esa atención. Nos sentamos en uno de los sofás circulares que había repartidos en la sala, algo apartados del resto y nos pusimos a lo nuestro. En la pared del frente había una gran cortina tras la cual se oían gemidos, golpes y jadeos. Allí detrás había un montón de gente dándolo todo…

Entre risas nos empezamos a besar y a acariciar bajo las toallas. Laura dejó caer la suya, dejando a la vista de todos sus pechos y a mi el corazón me dio un vuelco. Notaba la adrenalina recorriendo todo mi cuerpo. Pese a que llegamos más lejos esa noche, siempre recordaré ese momento, justo cuando la toalla se deslizaba y nuestras miradas se cruzaban, como el momento en que algo cambió para siempre en mi. Sonreímos y me abalance sobre ella con más ganas que nunca. Mientras nos comíamos el uno al otro, Laura me sorprendió de nuevo, esta vez, susurrándome al oido:

— ¿No te mueres de ganas de ver lo que hay allí detrás?

Tomó mi mano y yo, como siempre, me deje llevar. Atravesamos la cortina y nos quedamos mudos unos segundos. Frente a nosotros, una veintena de cuerpos desnudos retozaban, jadeaban y se tocaban unos a otros. Creedme, es algo que impacta. Enseguida me di cuenta de que existía cierto orden en el aparente caos. La mayoría de parejas interactuaban solo entre ellas, excepto algún grupo de tres o cuatro que si se entremezclaban. Nos colocamos tumbados en un hueco y Laura se puso sobre mi y abrió las piernas. La sujeté por los muslos y empezamos a follar allí en medio, rodeados de gente. La pareja más cercana estaba como a medio metro de nosotros, pero esa distancia se fue reduciendo como quien no quiere la cosa. La chica era muy delgada y llevaba el pelo a lo Uma Thurman en Pulp Fiction. Él parecia mayor, pero muy bien cuidado. Seguíamos a lo nuestro cuando Laura volvió a susurrarme al oído.
— Me está tocando la espalda, ¿Qué hago?
— Lo que tu quieras hacer. — respondí, expectante. Aquel gesto era una invitación a unirnos a ellos. (En el entorno swinger puedes aceptarlo o declinarlo con total tranquilidad.)

Laura apartó la mano con suavidad y una sonrisa. “Uma Thurman” le devolvió la sonrisa y continuó con su chico como si nada. Un rato después, ya con menos gente en la cama, los vimos con un chico. Los tres lo pasaban en grande.

Nos corrimos, el uno con el otro y volvimos a la tranquilidad que nos ofrecía el sofá. Allí Laura me escuchó sorprendida mientras le contaba que me habría encantado verla follando con nuestros vecinos de alcoba. Ella me confesó que cuando los vio a los tres juntos, ya estaba tan metida que le hubiese encantado unirse a la fiesta,, pero que le entraron un montón de dudas. Tampoco le hubiese importado verme con la chica, aunque no sentía un especial deseo de que eso pasara. Con la perspectiva que me da el tiempo, veo que ya entonces nuestros distintos perfiles asomaban la cabeza.

Antes de irnos, ya bastante tarde, volvimos a la cama. ¿Qué queréis que os diga? Éramos diez años más jóvenes, teníamos mucha energía y estábamos muy excitados. Nos podían las ganas. Para entonces apenas quedaba gente y nos pusimos de forma casual (o no, Laura sabrá) cerca de un chico que parecía estar solo. Laura se puso en posición del perrito y yo empecé a follarla desde atrás. Enseguida despertamos el interés del chico, que se acercó tímidamente. Laura, ni corta ni perezosa le cogió el pene y empezó a masturbarlo mientras yo seguía embistiéndola. El, mientras tanto le acariciaba el torso y después los pechos. Las sensaciones y emociones que sentí en aquel momento fueron brutales, contradictorias y de una intensidad difícil de describir. Laura me echaba un ojo de vez en cuando, como para confirmar que todo estaba bien. Y así era. Joder, mejor que bien. Cuando los jadeos de nuestro invitado se intensificaron, ambos se incorporaron un poco, quedando ella casi de rodillas y él se corrió sobre el pecho de ella. La beso en la boca y se fue más contento que unas pascuas mientras, entre carcajadas, buscábamos papel para que Laura se limpiara. Ni Siquiera terminamos el polvo.
Los días siguientes hablamos mucho de todo lo que había sucedido en el local y de las sensaciones y emociones vividas. Estaba claro que aquello nos había hecho vibrar. Recuerdo que ambos estábamos emocionados y eufóricos, aunque también nos sentíamos extraños, ocultando todo aquello a nuestro entorno.

— ¿Estaremos locos cariño? — pregunté.
— Como cabras. — respondió ella, mientras una sonrisa se dibujaba en sus labios.



jueves, 28 de marzo de 2019

¡Empecemos!

En este blog escribo sobre mi descubrimiento personal en el terreno de la sexualidad a lo largo de los años, en los que he experimentado con el mundo swingers, los juegos de sumisión, el control de castidad y con el cuckold.

A decir verdad al teclado tenéis a Sancho Panza. La auténtica protagonista de esta historia es Laura, mi Don Quijote particular. Igual de alocada que el original, pero de piernas largas y una sonrisa de esas que siempre traman algo.

Hablaremos de sexo, experiencias y juegos desde una perspectiva erótica, sí, pero también emocional.

¿Nos acompañas?


Primeros pasos. Nuestra primera experiencia en un club de intercambio de parejas.

¿Cómo acaba una pareja normal y corriente, en una relación de tipo cuckold? Para nosotros fue una evolución natural que se produjo a parti...